En Europa, esta tradición se remonta siglos
atrás con figuras como las Denominaciones de Origen (DO), los Consejos
Reguladores y las Indicaciones Geográficas Protegidas. Pero del otro lado del
Atlántico, los viticultores estadounidenses decidieron crear su propio camino:
las Áreas Vitivinícolas Americanas (American Viticultural Areas), más conocidas
como AVA.
¿Qué son
exactamente las AVAs?
Imaginemos que dibujamos un mapa de Estados
Unidos y comenzamos a trazar fronteras invisibles, pero muy reales, basadas en
aquello que el vino nos cuenta. Las AVAs son precisamente eso: regiones
vitivinícolas específicas, reconocidas oficialmente por la Oficina de Impuestos
y Comercio de Alcohol y Tabaco (TTB), que comparten características
geográficas, climáticas y políticas que influyen de manera determinante en la
personalidad del vino.
No es una simple línea en el mapa. Detrás de
cada AVA hay un proceso riguroso de solicitud ante la TTB, con análisis
detallados de mapas, descripciones del territorio y evidencia de esos rasgos
distintivos —el clima, la topografía, los suelos— que terminan por expresarse
en la copa. Puede tratarse de una gran región o de una subárea muy específica,
y el reconocimiento puede incluso ampliarse o modificarse con el tiempo.
Actualmente, Estados Unidos cuenta con más de 200
AVA que abarcan desde regiones extensas y reconocibles como California, Oregón
o Washington, hasta microzonas de gran prestigio como Napa, Sonoma, Monterey,
Paso Robles o el Valle de Willamette. Y sí, las AVA pueden superponerse: una
misma zona puede albergar varias denominaciones, y una etiqueta puede mencionar
más de una si el vino proviene principalmente de esas áreas.
La
filosofía detrás de las AVA
A diferencia del viejo continente, donde las
Denominaciones de Origen establecen normas estrictas sobre variedades
autorizadas, rendimientos máximos o métodos de vinificación, las AVA nacieron
con un propósito más humilde pero igual de poderoso: ofrecer al consumidor una
indicación geográfica clara y específica.
El objetivo principal de las AVA es que quien compra el
vino entienda de dónde viene y pueda hacerse una idea del estilo que va a
encontrar. Punto. No hay una evaluación de calidad asociada, ni un sistema de
puntuaciones que el vino deba superar para comercializarse con ese nombre. Un
vino de una AVA puede ser excelente, correcto o incluso discreto, dependiendo
de la bodega y de las decisiones del enólogo. La AVA por sí sola no garantiza
una categoría de calidad legal, sino una procedencia.
Esto no significa que el origen no importe. Al
contrario: la delimitación se basa en criterios geográficos y climáticos que
afectan de manera perceptible el paisaje sensorial del vino. Pero la filosofía
es más flexible, más abierta a la experimentación y a la diversidad de estilos
dentro de una misma región.
¿Cómo se
crea una AVA?
Imaginemos que un grupo de viticultores, una
asociación o incluso una autoridad regional decide que su zona tiene una
identidad propia que merece ser reconocida. El proceso comienza con una
propuesta formal ante la TTB, acompañada de mapas detallados, descripciones
minuciosas de las características geográficas, climáticas y geológicas, y
argumentos sólidos sobre cómo esos factores influyen en el vino.
La solicitud debe demostrar que la delimitación
es clara, que existe una identidad geográfica real y que las particularidades
del área se expresan de forma perceptible en el vino. El proceso incluye,
además, un período de comentarios públicos, donde cualquier interesado puede
opinar, y a veces consultas con autoridades estatales o locales. Si todo está
en orden, la TTB aprueba la nueva AVA y la publica en el Registro Federal. Nace
así una nueva región vitivinícola oficial en Estados Unidos.
Las reglas
del juego en la etiqueta
Aquí es donde las cosas se vuelven realmente
interesantes. Si un productor decide mencionar una AVA en su etiqueta, debe
cumplir una regla fundamental: al menos el 85% de las uvas utilizadas para
elaborar ese vino tienen que provenir de esa área. Si se declaran varias AVA,
el 85% debe proceder del conjunto de esas áreas.
Pero atención, porque hay un matiz que suele
sorprender: no es obligatorio que el vino sea 100% de la AVA declarada. Un
productor puede añadir hasta un 15% de uvas procedentes de fuera de la región
—¡incluso de otro país!— y seguir cumpliendo la legislación de etiquetado. Esto
sería impensable en muchas Denominaciones de Origen europeas, donde la
exigencia suele ser del 100% o con márgenes mucho más reducidos.
Si el vino no declara ninguna AVA, puede
indicar una región más amplia (por ejemplo, simplemente "California")
o incluso no mencionar origen regional alguno. Es un sistema voluntario,
pensado para quien quiere destacar su procedencia, no para quien prefiere no
hacerlo.
AVA frente
a DO: similitudes y diferencias
En lo que
coinciden:
Ambos sistemas, el estadounidense y el europeo, comparten una obsesión por el origen. Tanto las AVA como las Denominaciones de Origen buscan decirnos de dónde viene el vino y cómo ese lugar imprime carácter. Los dos protegen una identidad vinculada al terruño o terroir —ese concepto mágico que mezcla clima, suelo y tradición— y establecen reglas claras sobre el porcentaje mínimo de uvas que debe proceder de la zona declarada, rondando generalmente ese 85% tan característico.
Además, en ambos casos podemos encontrar
superposiciones geográficas. Así como en Europa conviven la DO Rioja con sus
subzonas, en Estados Unidos una AVA puede contener otras más pequeñas y
específicas.
Donde se
distancian:
La gran diferencia está en la naturaleza de la
regulación. Las AVA son un sistema voluntario y federal, centrado
exclusivamente en delimitar geografías y asegurar la consistencia del origen en
la etiqueta. No evalúan calidad, no establecen qué variedades se pueden
cultivar, ni cómo se debe vinificar, ni cuánto se puede producir.
En Europa, sin embargo, las Denominaciones de
Origen son sistemas regulatorios de calidad que imponen normas estrictas:
variedades autorizadas, rendimientos máximos por hectárea, prácticas de
cultivo, métodos de vinificación... y en muchos casos, el vino debe superar
catas oficiales y obtener una calificación mínima antes de que el Consejo
Regulador permita su comercialización con esa leyenda.
Dicho de otro modo: una AVA dice "este
vino es de aquí". Una DO europea dice "este vino es de aquí y además
cumple con unas normas de calidad y estilo que garantizan cierta
tipicidad".
¿Qué significa esto para el consumidor?
Para quien disfruta del vino sin obsesionarse
con las normas, las AVA ofrecen una herramienta valiosísima: la posibilidad de
explorar Estados Unidos a través de sus regiones vitivinícolas, descubriendo
las diferencias entre un Napa y un Sonoma, entre un Paso Robles y un Monterey,
entre la costa de California y los frescos valles de Oregón.
Pero conviene tener claro que el sello AVA no
es un distintivo de calidad garantizada. Es una invitación a conocer un lugar,
a entender cómo sus mañanas brumosas, sus suelos pedregosos o sus tardes de
viento pueden terminar dentro de nuestra copa. Luego, será el productor, con su
oficio y su sensibilidad, quien decida si ese lugar da para un vino modesto o
para una obra maestra.
Quizás ahí resida la grandeza del sistema estadounidense: en confiar más en el criterio del viticultor y en la libertad del mercado, y menos en las normas impuestas desde un despacho. Sería interesante iniciar una discusión sobre la ventaja de contar en México con un sistema más apegado al modelo norteamericano con mayores libertades de producción, que un sistema de Indicaciones Geográficas o Denominaciones de Origen con mayores restricciones como el modelo europeo. Por otro lado, de nada sirve estructurar zonas con Indicación geográfica en nuestro País que solo enmarcan un área sin que realmente se resalte las bondades del clima, la tierra y la identidad del vino que se quiere proteger. De ser así, es solo una etiqueta o un distintivo más que no aporta en nada a la vitivinicultura nacional.
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